Desde el puente no se ve la ciudad perdida.

Me vestí con una blusa ajustada color negro de mangas largas, con escote discreto bordeado en gris que hacia juego con la minifalda de lana gris, mi favorita, unos botines negros de tacón cuadrado que eran la moda entre las jóvenes en ese entonces. Peiné mi cabello largo sujetándolo con un listón negro, un poco de maquillaje y estaba lista para conocer a la familia de Israel.

Estaba muy nerviosa como es natural en la primera experiencia de conocer a la familia de tu novio, además en ese tiempo yo tenía casi dieciséis años y sin idea de lo que podría esperarme ese día.

Llegó por mi y viajamos en metro, la verdad es que las únicas veces que viajaba en metro era cuando estaba con él e íbamos a algún lugar de paseo cuando conseguíamos apartarnos de todos.

Cuando él tomaba mi mano yo era feliz y nada más podía importarme. Viajamos entonces algunas estaciones hasta llegar a Tasqueña, fuera del metro caminamos un poco, subimos por un puente peatonal, de esos que te causan vértigo porque mientras caminas el puente no deja de vibrar a pesar de ser de concreto y estructura de metal, pues por debajo de él estaba una avenida muy transitada. Para vencer un poco el miedo que me producía ese puente, saqué de mi bolsa mi cámara y tomé una fotografía de la ciudad vista desde el puente en la que se aprecian los automóviles, algunos edificios, muchas casas y letreros de todo tipo. Fue un alivio bajar de ese puente y continuamos caminando otro rato más, llegamos a donde estaba un centro comercial Gigante, pasamos atrás de él hasta dar con una calle que tenía una entrada bastante extraña, como si fuese una pequeña ciudad olvidada dentro de una ciudad más grande. Pasando esa puerta efectivamente había una colonia, popular, con empedrado que dificultaba el caminar. Continuamos caminando y finalmente llegamos a la calle y a la casa, su casa.

Una pequeña puerta de metal pintada de un azul celeste, un numero ocho en pintura negra sobre el gris de la pared. No pude evitar observar la casa de al lado, pues hacía contraste, aquella casa tenía una fachada muy bonita, paredes altas y portones grandes, algunos arboles podados entre la acera, cuidadosamente rodeados por rejas de metal. La casa de Israel era demasiado sencilla o quizá le restaba belleza la vivienda vecina. En cualquier caso estaba feliz de estar ahí y ansiosa por entrar. Amaba el hecho de estar en el lugar donde cada mañana despertaba Israel, donde mientras dormía pensaba en mí.

Entramos, pasamos por un pequeño pasillo en el que distinguí un lavadero color gris, a la derecha una ventana con cortinas de cocina y una puerta de metal pintada de verde, estaba abierta y el espacio era cubierto por una cortina de una tela muy delgada. Israel la hizo a un lado invitándome a pasar.

Ya en el interior noté que no había nadie esperándonos, no sé por qué me imaginaba que alguien tendría que recibirnos, nos quedamos un instante ahí de pie, él me dijo que podía sentarme mientras subía por unas escaleras grises que me parecieron chistosas porque él era muy alto y tenía que encorvarse para subir y bajar y no chocar con el techo que ya era el piso siguiente. Era como si la casa en sí fuera hecha para personas más pequeñas, así como yo. Me parecía que él no encajaba en su propia casa.

Bajó y casi enseguida vi unas piernas femeninas bajar los escalones, vestidas de mezclilla color negro, era la mamá de Israel. Tenía unos cuarenta años pero su vestimenta juvenil la hacía parecer un poco más joven, además sonreía y las sonrisas siempre rejuvenecen a quienes las portan. Llegó hasta donde estábamos y me apresuré a saludarla y ella me devolvió el gesto con amabilidad. Pasamos un rato a la pequeña sala.

Mientras esperábamos, supongo, porque no sé que más podíamos hacer, Israel subió una vez más por aquellas escaleras y al regresar me mostró una caja no tan pequeña que contenía todas las cartas y pequeños obsequios que yo le había dado hasta ese día, me sorprendió un poco que tuviera tan cuidadas todas esas cosas, pero me gustó que así fuera.

Más tarde nos sentamos a la mesa a comer, para entonces ya había llegado el papá de Israel y uno de sus hermanos, el cual solo llegó a saludar y se despidió dirigiéndose a la calle de nuevo. Israel tenía también una hermana, ella bajó las escaleras pero a pesar de la insistencia de su madre nunca me saludó, creo que ni siquiera me miró y regresó a su habitación, supongo.

Ya en la mesa, el padre de Israel y su madre estaba sentados frente a nosotros, la comida consistía en sopa de fideo y carne acompaña de papas fritas, lo recuerdo bien porque esa era la comida favorita de Israel. Pese a que a mí también me gustara la comida y sumada a mi buena disposición por apreciar el gesto que tuvo su madre al cocinar para mí, todo fue de un sabor amargo, ácido.

En realidad no era el sabor de la comida, ni la casa, ni las escaleras chistosas, ni todo el trayecto a pie o en metro, ni que su hermano no se quedara ni que la hermana no me saludara, estaba muy nerviosa como para prestarle importancia adecuada o no a todas esas cosas, hasta que el padre de Israel me sacó de mi turbación y de mi tranquilidad y mi estúpido idealismo, con sus palabras.

—¿ Qué hace una una niña como tú en ésta humilde casa, en nuestra humilde mesa, comiendo nuestra humilde comida? — Me dijo —

Creo que todavía la cuchara no había llegado a mi boca con la sopa más de tres veces cuando escuché eso y la regresé al plato sin saber si había escuchado bien o sin poder pensar con qué intención me dirigía esas palabras, pero por la cara que se dibujó en Israel y en su madre supe que algo andaba mal.

Es un gusto para mi conocerlos este día y que me permitan acompañarlos en la mesa, sé que es la comida favorita de Israel. Respondí.

El señor hizo una mueca con la boca de lado y echó un poco de aire que intentaba ser una risa.

Todo el tiempo que duró la comida las preguntas fueron con el mismo tono irónico, incluso con temas fuera de lugar.

—¿Así que tu papá es político? — ¿Y qué dice de que ahora estés aquí? —Seguro la señorita está acostumbrada a otro tipo de comida. —¿Así te vistes todos los días? —Nos vas a perdonar pero no tenemos otra cosa que ofrecerte. —¿Ya te dijo Israel que trabaja en una imprenta?

Al final de todo el interrogatorio al cual yo procuraba responder con cortesía y sin perder la sonrisa suave, Israel ya estaba molesto, interrumpió algunas veces a su padre y su madre hizo o intentó desviara varias veces la conversación. Ella hacía un gran esfuerzo porque todo fluyera de forma natural y cómoda.

Estuvimos un pequeño rato más ahí, pero salimos antes de lo pensado. La verdad yo me esforzaba por no parecer desconcertada, pero principalmente me sentía triste.

Por la noche, ya en mi casa tuve tiempo de sentir toda esa tristeza a plenitud, de recordar cada palabra hiriente, cada actitud en esa casa, a la hermana, al hermano, las preguntas incomodas del padre, el esfuerzo de la madre, porque a pesar de que ella fuera la única que se esforzó en ser amable, fue eso, un esfuerzo. No hubo un gesto natural de agrado hacia mí en esa casa. Si bien antes de llegar ahí yo no tenía idea alguna de cómo sería, nunca esperé que fuera una experiencia tan desagradable.

Mis lagrimas mojaron mi almohada esa larga noche. Ahora mi tristeza contrastaba con la belleza de la luna, del firmamento lleno de estrellas maravillosas, del aroma de la ciudad, de mi casa, de mi habitación, de mi mundo feliz. A mi edad estaba sufriendo por cosas que en su mayoría no entendía, pensaba en Israel y en lo mucho que me quería y que yo también lo quería demasiado. Lo suficiente como para seguir siendo su novia a pesar de su familia.

Recuerdo un poco más cada vez que entre mis fotografías guardadas aparece aquella foto tomada desde el puente en ese inolvidable día.


3 comentarios:

  1. Amor prohibido murmuran por las calles..porque somos de distintas sociedades... :P

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